El Excelso Alquimista

Era una noche triste y sombría en que luna lloraba gotas plateadas de amargura y desprecio… los éteres estaban saturados de melancolía, y el bosque dormía en una serenidad espiritual y violeta. La posada de Temps-Town estaba llena de colosos, furcias, y todo tipo de gente propia de mundos burlones y vacíos… las risotadas se escuchaban feroces al verla entrar al bar del lugar, con ese rostro, a pesar de hermoso, triste, desfallecido y pálido… a causa de un amor que la desahució en este mundo de hastío y mal agradecimiento. Empero, nadie alcanzaba misericordia, esos seres crueles de aquel lugar no conocían el humanismo, algunos de los mismos eran criaturas asquerosas y grotescas, que preferían burlarse de ella y reírse de sus calamidades. Mientras ella, ignorando todas esas abominaciones a su puro corazón, se sentó con su vestidito negro, mostrando la esbeltez de su figura en su blanca espalda descubierta, y sus frágiles manos mortecinas, que esa noche sin guantes, poco faltó para que se congelasen.
Pidió lo mismo de siempre. El mesero, un enorme salvaje de piel oscura y rasgos ásperos, casi se conmueve al ver la fragilidad de cada oscura hebra de su pelo, que casi parecía hecho de azabaches… pero no lo hizo, no conocía esa clase de sentimientos. Muchos hombres allí pensaban que la sensibilidad los haría débiles, sin saber que los pondría en contacto con mundos superiores. En fin, ella tomó algunos tragos sin reparar en la vida, y luego de ahogarse en sus propios sentimientos; una de sus lágrimas colapsó tan brutalmente con el suelo, que hasta pareció que pesaba toneladas, y un momento después cabizbaja salió, quién sabe a donde.
El alquimista, hombre misterioso que vivía rodeado de un halo de muchos rumores extraños, había contemplado toda la escena… recogiendo discretamente con un gotero esa lágrima, la cual casi se pierde en uno de los huecos del piso de madera, y llevándola a su singular laboratorio.
Era un lugar lleno de polvorientos y gigantescos volúmenes, antiquísimos papiros, pipetas, y símbolos que causaban temor y asombro. El cuarto tenía, quizás accidentalmente, una decoración victoriana, alfombras con círculos extraños, insectos desconocidos por la raza humana, hierbas exóticas, voluptuosas hiedras, frascos árabes, y uno que otro homúnculo.
Largas noches y atroces desvelos pasó el alquimista analizando la lágrima de aquella joven, y encontró a través de un aparato parecido a un telescopio: un mundo de soledad y abandono, todo un paisaje gris y de desolación, lleno de pájaros negros y decepción, dentro de aquella lágrima.
Pensaba en cómo remover todos los globos negros que encontraba en sus historias, todas las casas de dinastías abandonadas, y las imágenes de su cuarto solo, lleno de cosas monstruosas y temores.
Perdió la noción del tiempo en tan arduo menester, tanto horror era casi irremovible. Hasta que un día, entre sus vastos conocimientos una idea irradió la solución, y fue capaz de cambiar toda esa desilusión, por una hermosa pradera libre y verde, llena de vida, conejillos, hermosos caballos, con un poderoso sol radiante, y un arcoíris al final. Donde también insertó algo parecido a un trigal, y añadió una imagen de ella, corriendo desnuda, en total plenitud, y en perfecta armonía con el mundo.
El alquimista volvió con prisa a Temps-Town cuando cayó el anochecer de ese día, y la encontró postrada en la barra como siempre. Ya que era alguien docto y culto, y conocía toda antología de la vieja poesía francesa, buscó la forma de conquistarla con hermosos versos de poetas antiguos.
Sus miradas comenzaban a conectar, el optaba por versos más lúgubres, para poder acceder a su gusto… y lentamente ella iba cayendo en el encantamiento, (aunque aún la decepción anterior la amarraba en sus lazos). Pero él tenía las palabras precisas, ¡tenía el don de agradar!, el carisma en él resaltaba a pesar de su indumentaria y estilo sombrío. Y entre vinos y versos ¡Al fin la convenció!.
Colocando discretamente la lágrima en sus labios, el alquimista la besó y le devolvió su nueva lágrima… ¡Ahora lágrima de alegría!.
¡Y los colosos y las furcias la veían reír!, la veían regocijarse, la veían transformada, ¡transfigurada!, ¡y con su actitud les impresionaba! ¡y las lámparas del bar se encendieron todas!, y ya nadie podía burlarse de ella… más bien se compadecían de ellos mismos por su propia condición miserable e inhumana.
Y ella salió contenta… danzando hacia el bosque eterno.
Y alquimista la veía sentado desde una mesa a lo lejos… y sonreía.
— Daniel Gómez